martes, 20 de octubre de 2009

Miguel Ángel Fornerín: La verdadera patria de un escritor es la lengua en la que vive, habita, escribe y sueña…


Con esto nos quitamos de encima los alardes literarios de personas que se dicen escritores o que aparecen en las listas como intelectuales…


Por Miguel Fontana Moncada | © mediaIsla

De una isla a otra isla, además del Canal de la Mona, hay cientos de miles de historias por contar, no importa que en castellano la "H" sea muda; los tiburones, no. Ese Caribe, lleno de contrastes y contradicciones, con sus migraciones, sus trapiches, sus negros, sus mulatos y su muy particular manera de hacer vibrar a todo tren los cueros, se cruza y se entrecruza en muchos puntos donde lo real, lo soñado o lo real deseado pierden sus verdaderos nombres. Miguel Ángel Fornerín no ha tenido que ir muy lejos para hurgar y desentrañar, como él dice, en la República de las letras de dominicanos y puertorriqueños, en las historias de los narradores tal vez todo lo que no quieren o no pueden decir los cronistas de la Historia, la oficial y la otra.

En sus libros Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setena (2009) y El cuento dominicano y la generación del ochenta (2009), el autor dialoga, indaga y realiza un estudio pormenorizado del entroncamiento entre el discurso fictivo y el histórico en los textos narrativos de los más destacados autores de la generación del setenta en Puerto Rico. De Igual modo, en el segundo, desempolva y escudriña en las bibliotecas internacionales sobre la prehistoria de la narrativa breve de la República Dominicana, a la vez que esboza una interesante panorámica sobre la más joven cuentística que se escribe en la patria de Bosch.

Miguel Ángel Fornerín básico | Higüey, RD

Doctor en Literatura de Puerto Rico y el Caribe. Profesor de la Universidad de Puerto Rico en Cayey y del Centro de Estudios Avanzados de puerto Rico y el Caribe. Ha sido profesor invitado de la Universidad Michel Montaigne, Bordeaux 3 y de la Universidad de Poitiers, Francia en 2003 y 2007. Premio de Ensayo Pedro Henríquez Ureña con su obra inédita La escritura de Pedro Mir en 1995. Ha publicado libros de poesía, ensayo y crítica literaria. http://fornerin.blogspot.com


—Llevas un buen tiempo dedicado al estudio y a la enseñanza de literatura caribeña en Cayey para la Universidad de Puerto Rico y, precisamente, en tu libro más reciente Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setenta (Centro de Estudios Avanzados/Imago Mundi, 2009), exploras una nueva arista de la literatura puertorriqueña, ¿cuáles son los parámetros de los cuales partes y cuáles los autores que te sirven de modelo para el análisis?

—Este libro es producto, en primer lugar, de las discusiones filosóficas sobre la Historia que aparecen luego de la caída del Muro de Berlín. Todas esas ideas del fin de la Historia y el fin de la Modernidad dejaron un amplio debate, que siempre quise llevar a mi lado: la Historia y la literatura. En segundo lugar, tiene que ver con mi estudio de la obra literaria de Pedro Mir que realicé a principios de los noventa. En el marco antes descrito, me era imperativo profundizar en la relación de la Historia y la literatura porque estaba estudiando a un autor que era literato e historiador, no sólo el historiador de Tres leyendas de Colores, El gran incendio y La historia del hambre en la República Dominicana, sino el autor de un libro teórico sobre la historia: La noción de periodo en la historia dominicana. Por otro lado, y finalmente, en Puerto Rico ha habido un debate sobre la memoria (La memoria rota (1993) de Arcadio Díaz Quiñones) y la escritura de la Historia, que me ayudaron a buscar una manera de estudiar estos problemas.

El itinerario de estos estudios sobre el tema es amplio y tiene varios autores en los que me empino para alcanzar las metas que me propuse. Finalmente, la hermenéutica ontológica y fenomenológica de Paul Ricoeur me ayudó a llegar al puerto deseado, que es este libro anclado en la periferia de una cultura. Y digo periferia porque soy un pensador limítrofe de la puertorriqueñidad y los ecos que logre este libro servirán para aquilatar la importancia de mi esfuerzo.

—¿La historia, como disciplina, es un tema o clave inherente a la generación del setenta o ha estado presente en generaciones anteriores? ¿Nombres, elementos de transición?

—La Historia tiene su disciplina de estudio que es la historiografía. Un saber que Croce desarrolló en Italia y que en Alemania fue fundado Leopold Von Ranke y siguen Spengler...la escuela de Baden y de Frankfurt, etc. En Puerto Rico la disciplina de la Historia, el interés historiador, es de los románticos como Alejandro Tapia y Rivera, y seguirá con la historia positivista… Lo que me ha parecido interesante es el movimiento de la Nueva Historia de los años sesenta y el entrecruzamiento del texto de ficción con el texto histórico. Las discusiones dentro del campo de la Historia las conozco porque he estado en las controversias de los historiadores en Puerto Rico en las últimas dos décadas y he asistido como fundador y ponente a distintas reuniones de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores.

En mi libro planteo la permanencia del historicismo
como cosmovisión en la cultura puertorriqueña y el interés de la Generación del Setenta en estos temas. Una de las figuras más importantes en ese esfuerzo por reformular, pensar y rescribir el pasado, es José Luis González, autor de las novelas La llegada (1980) y Balada de otro tiempo (1978); pero anterior a él, Luis Hernández Aquino, había escrito La Muerte anduvo por el Guasio (1959) y existía la preocupación historicista. Ahora bien, lo que planteo es la dedicación muy especial de esta generación a entrecruzar los textos de ficción con un referente histórico que busca repensar el presente puertorriqueño. Los nombres son muchos, en el libro trabajo a Edgardo Rodríguez Juliá, que es el fundador en la novelística de esa época con La renuncia del héroe Baltarsar (1974), Tomás López Ramírez que lo atisbaba en Cordial magia enemiga (1970), Ana Lydia Vega y Magali García Ramis en Falsas crónicas del sur (1991) y Las horas del sur (2005) respectivamente. Y claro quedaron fuera por razones de espacio otros autores como Olga Nolla en El castillo de la memoria (1996) y Rosario Ferré en Maldito amor (1989).

Me interesó un tema colindante, la familia como metáfora de la nación; tema que inicia Magali García Ramis en su libro de cuentos La familia de todos nosotros (1978), lo sigue Edgardo Rodríguez Juliá con Puertorriqueños: álbum de la sagrada familia puertorriqueña a partir del 1898 (1989) y Tomás López Ramírez, con Paraje de transito (1997). Creo en fin, que la dedicación de esta generación a pensar el pasado se da como una forma de comprensión del presente. De ahí que coincida con Croce en que la Historia es una manera de pensar, de pensar nuestra relación con el tiempo o nuestra historicidad.

—¿Dónde se encuentran y se distancian ambos discursos –la historia de ficción y la Historia como tal?

—La historia y la ficción son dos discursos lingüísticos (es decir que sólo se dan en lo que llamaba Gadamer la linguisticidad). Lo que ocurre es que la Historia como práctica de los historiadores tiene una especificidad distinta a la de los creadores literarios. Y esas estrategias discursivas son las que he revelado en este libro, pienso en el ensayo dedicado al libro de Luis López Nieves La verdadera muerte de Ponce de León (2000). Si distinguimos, entonces, la relación especifica de cada género, podemos pensar la ficción como mímesis creativa y la Historia como mímesis del pasado, que busca ser un discurso verdadero y legitimado por el documento. Lo que planteo, siguiendo a Ricoeur, es que los relatos se encuentran y buscan la especificidad de ese encuentro en cada texto. Lo que nos aleja de postular la ficción como mentira y la Historia como verdad.

—Además del cuento y la novela, ¿cuáles otras modalidades de la literatura entran en el estudio?

—Con esta obra trato de hacer un estudio narratológico, que no está limitado a géneros específicos, sino a aquellos donde se relata una historia (story), pero podría trabajar con la Historia (history). Me interesó la relación de la Historia con la crónica; el cuento y la novela predominan en esta relación. En cuanto a la relación historia-crónica nos interesa la forma en que nos aproximamos al pasado. Un discurso pretende ser objetivo, como el de la Historia y otro pretende ser mixto entre lo literario y la ficción. Uno busca la historia en el pasado y otro la trabaja desde el presente. En la Historia, el historiador que realiza la configuración busca desaparecer a favor de la objetividad, pero en la crónica, es el protagonista, el punto de donde se focaliza. Me parece interesante el intento de estudiar la crónica con la fotografía, lo que ocurre en el capítulo dedicado a Puertorriqueños: Álbum de la sagrada familia… de Edgardo Rodríguez Juliá. También trabajo la crónica en los cuentos de Ana Lydia Vega, el choteo y la caribeñidad en su obra. Como la emigración y la familia en Paraje de tránsito de López Ramírez y en Las horas del sur de García Ramis.

—Eres dominicano, con más de 20 años de residir y ejercer docencia en Puerto Rico, pero siempre has mantenido un sólido nexo con la cultura y la literatura dominicana. Este mismo año, acaba de salir tu libro El cuento dominicano y la generación del ochenta (Imago Mundi, 2009), ¿qué aspecto específico de la narrativa dominicana y una de las más jóvenes generaciones de narradores dominicanos estudias en este libro?

—Sobre lo primero te diré que vivo en Puerto Rico, pero mi escritura tiene como objetivo el estudio de la literatura de ambos países. La diferencia es que mis vivencias, mis prácticas cotidianas se encuentran de este lado. Pero vivo en la república dominicana de las letras. En el pensar lo dominicano, como lo hago con lo puertorriqueño. Soy profesor de literatura dominicana y puertorriqueña en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe y todo eso me permite pensar la patria lejana y vivir en esta otra patria, donde algunos me niegan ciudadanía y muchos me aprecian. Aprecian lo que hago. En medio de todo esto, está la maldición de la nación, cuando fue definida desde una perspectiva territorial y lingüística. Estoy consciente de que la verdadera patria de un escritor es la lengua en la que vive, habita, escribe y sueña con un porvenir mejor para sus semejantes.

El libro El cuento dominicano y la generación del setenta (2009) es un proyecto de estudio sobre la narrativa breve en Santo Domingo. Creí necesario poner en blanco y negro esa práctica de la escritura, al no encontrar en la bibliografía dominicana un estudio que planteara el desarrollo del cuento dominicano; quehacer que había dado figuras de la talla de un Juan Bosch, quien plantea la modernidad del cuento en Camino real (1933), a un Fabio Fiallo, principal figura del cuento Modernista Cuentos frágiles (1908) y a Virginia Elena Ortea, Risas y lágrimas (1903). Era un imperativo hacerme una idea de ese desarrollo y de las tendencias del cuento dominicano en el siglo XX. Por eso realicé esta investigación. No está terminada, pero le da una ojeada general al problema. Sin embargo, trabajo de forma más detenida el grupo de escritores del ochenta, en el que se destaca la cuentística de René Rodríguez Soriano.

El libro tiene una primicia: el primer estudio de Los cuentos que Nueva York no sabe (1949) de Ángel Rafael Lamarche, un libro que funda la literatura dominicana en el extranjero, desde la perspectiva de la generación del cuarenta: el Universalismo. Obra que pone en el centro de sus preocupaciones la relación del hombre con la cosmópolis. Allí se encuentra el primer cuento policial y de ciencia ficción que conocemos en la narrativa dominicana. Es un libro desconocido para la mayoría de los lectores y estudiosos dominicanos y un iniciador de nuevos caminos par la narrativa del país.

También aparece en este ensayo una lectura de El candado (1959) de Sanz Lajara visto de desde la hipótesis de que esta obra participa de la revaluación del negro, que plantea de los problemas de la negritud. Interesante la narrativa de Sanz Lajara en la medida en que afloran en ella los problemas de grupos subalternos signados pos su condición racial como los indios hispanoamericanos y el negro. No dejo apuntar la importancia que le da este autor al tema del poder.

—¿Cuáles aspectos y rasgos caracterizan y diferencian a esa generación del ochenta, de narradores de las anteriores? ¿Crees que mantienen nexos con los maestros del género en la isla o han roto totalmente con la tradición?

—Cuando estudiamos textos de autores que aún escriben, es muy difícil realizar afirmaciones definitivas. Así que veo este libro como el estudio de una literatura en movimiento. Y específicamente a la generación del ochenta como un grupo que va decantándose más allá de sus pretensiones juveniles. Son las obras las que hacen al escritor. No los alardes narcisistas o los discursos de de su época. Del Ochenta conocemos a mucha gente que ha escrito libros de cuentos, pero pocos se han dedicado con tesón a ese género y han logrado una individualidad creativa, como René Rodríguez Soriano. Se dice que una paloma no hace verano. Pero los cambios más significativos en el narrar, las distintas estrategias narrativas que se usan, el lenguaje como creación poética y la forja de un microcosmos particular está en su obra. Hablo de muchos otros autores, como Ramón Tejada Holguín, Ángela Hernández, Manuel García Cartagena, entre otros. Pero viendo el asunto desde la presencia de un corpus que nos permita estudiar una literatura sólida, no creo que se pueda ir más allá. Pasa lo mismo con la generación anterior: Peix, José Alcántara Almánzar y Armando Almánzar Rodríguez, son los que más se han dedicado al relato breve. Los demás pueden haber escrito obras admirables como Diógenes Valdez, Manuel Rueda, Efraím Castillo, Roberto Marcallé Abreú… Hay muchos narradores que escriben cuentos, ahora bien, lo importante es encontrar a un narrador que haya trabajado con dedicación este género y plantee una ruptura. Veo en los del setenta una transición, una ruptura con el cuento de Bosch, una influencia del Boom en Virgilio Díaz Grullón, René del Risco, Miguel Alfonseca, Marcio Veloz, Pedro Peix y Alcántara Almánzar. Pero hay mucho que estudiar, entre ruptura y tradición en esta época. La ruptura la veo más clara en René Rodríguez Soriano, en los ochenta.

—¿Crees que existe verdaderamente una literatura dominicana escrita fuera de los límites geográficos de la isla? ¿Nombres u obras que pudieran darnos pistas sobre el trabajo de los escritores dominicanos de ultramar?

—Interesante pregunta, tal y como se plantea, el asunto nos lleva a decir que siempre la literatura dominicano ha tenido exponentes en ultramar. Empezando por los del Monte, (Francisco Muñoz del Monte y Félix María), que vivieron en Cuba y Puerto Rico; José Ramón López, que vivió en Caracas y Mayagüez; Francisco Carlos y Virgina Elena Ortea, quienes también vivieron en Mayagüez; Jesusa y Manuel de Jesús Galván, quienes vivieron en San Juan de Puerto Rico y Nueva York; Juan Bosch, que publicó cuentos en Cuba y Chile, y ensayos en Venezuela y Puerto Rico. A lo que debo agregar el trabajo de Pedro Henríquez Ureña en México, Fernández Spencer en España y Manuel del Cabral en Argentina…en fin, siempre hemos tenido una literatura dominicana en ultramar. Pero sé que de lo que me preguntas es de la llamada diáspora de la literatura dominicana. Estos no son escritores exiliados, que por razones políticas viven en el extranjero. Son personas que han nacido o que han emigrado muy temprano en su vida a Estados Unidos y otros países.

Lo primero que creo pertinente es aclarar que, teniendo en cuenta la presencia de una cultura híbrida, los más connotados de esos escritores ponen en jaque la noción de literatura nacional, en la medida en que lo nacional estaba definido a partir de la lengua. Ahora tenemos una literatura dominicana escrita en inglés, es decir, hay una dominicanidad híbrida que se expresa en la lengua sajona y que los nacionales sólo pueden disfrutar a través de la mediación de un traductor. Es la literatura de Junot Díaz, Julia Álvarez, Nelly Rosario y demás; una literatura de anticipación. Como existe en estos textos una ruptura con la literatura nacional en español, mucha gente dice que esos no son escritores dominicanos. Pero creo que se equivocan. Su dominicanidad es controversial y lo que debemos entonces, pensar es que la dominicanidad ha cambiado tanto dentro como fuera. Somos una cultura híbrida fluida. Dentro, una cultura que convive con la haitiana y fuera, con la experiencia de las emigraciones. Creo que ahí residen las discusiones de los artículos de la Constitución sobre la nacionalidad y el voto en el exterior. Lo de fuera, unas veces, se deja afuera y cuando conviene, se le integra. Es un discurso de poder, que aleja o acerca a esa dominicanidad viajera.

Otra cosa muy distinta, es preguntar por la existencia de una literatura dominicana en el extranjero. Es problemático desde una epistemología literaria, en la medida en que existen textos y discursos, pero esta literatura está en movimiento y no podemos hacernos una idea muy clara de ella. Se está haciendo; es muy reciente. Y creo que con esto nos quitamos de encima los alardes literarios de personas que se dicen escritores o que aparecen en las listas como intelectuales, etc. Quisiéramos leer sus obras, no los discursos sobre ellas. Son pocos los escritores que viven fuera de los que podamos hacernos una idea clara de su trabajo, si dejamos a Eugenio García Cuevas, Néstor Rodríguez, que han realizado un trabajo en la crítica literaria y cultural y uno que otro que han publicado un par de libros. Creo que tienen mucho camino por recorrer.

—¿Y la crítica, cuál es el criterio de la crítica literaria dominicana con relación a los escritores que no residen en la Patria?

—No creo que la crítica literaria dominicana se haya interesado por esta materia. Al menos, Giovanni Di Pietro que ha escrito un libro sobre Julia Álvarez (La dominicanidad de Julia Álvarez, 2002) y varios ensayos sobre Junot Díaz, a los cuales remito al lector interesado. Pero ni Diógenes Céspedes, Bruno Rosario Candelier, Manuel Matos Moquete, Manuel Núñez ni Odalís G. Pérez. Han tratado este tema. Me faltaría hablar de Franklin Gutiérrez y Daysi Cocco De Filippis, que son los críticos que viven en Nueva York. Luego tenemos discursos de gente que reseñan libros o realizan estudios culturales. Pero no hay una crítica literaria dominicana que haya trabajado el fenómeno de la literatura híbrida y a los escritores que no viven en el patio. ¿Y por qué? Porque lo que hacemos fuera no cambia la cultura dominicana. No la pone en juego. El que intentó revolverla fue Silvio Torres Saillant, pero sucumbió postrado frente al presidente Fernández y una medallita de patriota.

No hay un trabajo epistemológico sobre la dominicanidad desde afuera, que pueda cambiar el hecho de que el centro se considere origen de los discursos de la dominicanidad. Primero, porque es una opción de poder, mientras Santo Domingo sea la ciudad letrada, ella construirá y reinventará el deseo de comunidad. Y los discursos tienen un valor político. Nueva York no podrá imponer su discurso. Lo de Silvio fue un alarde. Alarde que se pude ver como un gesto valeroso; pero sucumbió ante los poderes que dominan la construcción discursiva de lo dominicano. En fin, que lo que se hace con lo que se fueron es olvidarlos. Es algo desgraciado, pero es una verdad. La visita de uno de "la diáspora", la puesta en circulación de uno de sus libros o la participación en una Feria del libro, es el encuentro de Narciso con su trasero. Un espacio sólo retomado cuando nos conviene y les conviene a los poderes discursivos. Los de afuera están fuera.

—¿Consideras que la crítica literaria dominicana actual cumple realmente con lo que decía Martí del "ejercicio de criterio"? ¿Interpreta y juzga o simplemente está dividida en grupos que se autodefienden y contraatacan cada vez que sienten lesionados sus epidermis o intereses?

—La crítica literaria dominicana se reduce a unos cuantos nombres. Y a una historia de grandes logros. Debo decirte que esta actividad la fundaron Max y Pedro Henríquez Ureña. Que la dictadura de Trujillo limitó el ejercicio crítico a las obras de Balaguer, una historia literaria positivista y un recuento de libros y autores hasta llegar a Fernández Spencer. De ahí en adelante, el trabajo lo han realizado el grupo que he mencionado más arriba y unos cuantos que ahora nos dedicamos a valorar los textos literarios. Pero debemos significar que existen los críticos literarios y los críticos culturales. Algunos hacen los dos tipos de críticas. Pero la literaria se ejerce menos que la crítica cultural, a menos que no sea en tesis realizadas en el extranjero. Creo que si hablamos de crítica nos referimos a ejercicio de criterio, a un pensamiento sobre lo literario como manifestación de la cultura dominicana. Ahora bien, hay otro grupo de gente que escribe crítica, sobre todo para saludar la aparición de un libro. Pero no hace crítica trascendental. ¿A qué llamo crítica trascendental? A la que dialoga con el sistema de representación literaria y con el sistema de la cultura. Aquella que se empina en las tradiciones de la crítica. Para nosotros la tradición hispánica se echa de ver en Fernández Spencer y Bruno Rosario Candelier; la tradición francesa, en Diógenes Céspedes, Manuel Matos Moquete y Manuel Núñez, y la norteamericana en los críticos que han estudiado en Estados Unidos. Una crítica no es una actividad en sí mima; es un acto de pensamiento que toma la literatura como medio y se afianza en la cultura, la historia y los discursos de la época y contra ellos.

Falta la crítica de ocasión, la que generalmente encontramos en los periódicos y puede ser una crítica de capilla, de grupos. La otra, por su carácter científico, debe ser inclusiva. Aunque tiene sus limitaciones, es una crítica que establece su marco de acción. Sus propios límites.

—Y la poesía, ¿ha secuestrado el crítico al poeta de los libros iniciales o podemos esperar en un futuro nuevas incursiones en los ámbitos del poema?

—La crítica y la poesía son dos actividades muy distintas. Y si le agregas a eso, ser profesor universitario y la participación en coloquios, conferencias y seminarios, da como resultado que sólo se vea lo que hacemos en el campo de la crítica. Sigo escribiendo poesía aunque no con la constancia que quiero. Me acostumbré a escribir libros de poesía, no poemas sueltos. Lo que complica las cosas. Necesito hacer un plan ara escribir poemas. Planificar un libro de poemas donde quiero un lenguaje, un tema… algo distinto a lo que he realzado anteriormente. No me gusta repetirme. Aunque es bueno decir, que siempre escribimos una parte del gran poema que es nuestra vida. Pienso muchas veces: "ahora dejo un poco la crítica y me dedico a la poesía". Otras veces, me digo: "tal vez cuando sea viejo, volveré a ser el poeta que fui en mis años mozos". No sé; pero la poesía vive en mí. Tengo constancia que las habilidades de poeta las tengo. El tiempo dirá cuando sorprendo a los amigos con otro poemario.

—¿En cuáles otros proyectos, además de la enseñanza y el estudio de la cultura y la literatura del Caribe anda Miguel Ángel Fornerín?

—Estoy escribiendo ensayos y ponencias para varios eventos que se organizan en este año. Pero lo que más me interesa es difundir el libro Entrecruzamiento de la Historia y la literatura en la generación del 70. Ya se ha presentado en Cayey, Ponce y San Juan. La próxima parada será en Mayagüez, el 22 de octubre (lo presentarán el historiador Carlos Hernández y el crítico Mario Cancel) y el 14 de noviembre en La Tertulia de Río Piedras (lo presentarán Eugenio García Cuevas y Andrés L. Mateo). El año próximo estaremos en la Universidad de Puerto Rico en Carolina y terminaremos con un coloquio en Cayey. Me quedan el libro sobre el cuento y tengo en prensa Andrés L. Mateo la aventura espiritual de la dominicanidad que aparece en este mes. Luego me embarcaré en un libro sobre la ensayística dominicana y otro sobre narrativa hispanoamericana, que ya tengo comenzado. No creo que tenga tiempo para algo más, pero iré a ver el mar.

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