jueves, 8 de octubre de 2009

Lucy in the Sky with Diamonds


Por René Rodríguez Soriano | © mediaIsla
Fuente: mediaIsla, Boletín 1145

Lucía amaneció esta mañana tarareando canciones de Lennon y McCartney. Manejó toda la cotidianidad de la casa como si de un juego de muñecas se tratara y salió apresurada, dejándome apenas un beso oculto en la más blanca de las servilletas.

Desde hacía cierto tiempo la percibía cada vez más despistada y no lograba descifrar sus vaivenes y atareos tan ajenos a todo lo que, en un principio nos unió. Al darme cuenta, lo confieso, no le di la menor importancia a todo esto. Después, comencé a preocuparme, al verla a cada tanto mas ligera, más evasiva y volátil.

Mi preocupación, realmente comenzó aquella mañana en que la sorprendí ensimismada con el vuelo de una mariposa amarilla que jugueteaba en el jardín. Me quedé mudo en un rincón, observándola, oliéndole un nuevo y desconocido aroma, escuchando su soliloquio, su pensamiento en voz alta, planteando el deseo de tener alas y elevarse como mariposa y flotar y volar libre y lejos de todo, de todos. No quise interrumpirla y me alejé en puntillas, dejándola sola, con sus alados pensamientos.

Después, más a menudo, fueron mis sorpresas: en la playa, con las gaviotas; en la plaza, con las palomas; siempre volando lejos, tratando de remontar un vuelo limpio y amplio como el viento. Transustanciada, totalmente otra Lucía, distinta a mi Lucía de amapolas y madreselvas.

Por eso, esta mañana, cuando me levanté y percibí su nuevo aroma por toda la casa y, al buscarla, sólo encontré su beso en la servilleta, me llegó de repente la idea de que podría encontrarla en uno de esos lugares donde a menudo ella venía a soltar al vuelo sus pensamientos. Llegué hasta el Mirador del Este y la alcancé a ver, en el preciso instante en que remontaba vuelo junto a una bandada de golondrinas, que revoloteaban sobre la fuente seca que tantas veces nos había visto discutir y abrazarnos luego tan tiernamente. Se fue elevando de a poco, en un principio no se percató de mi presencia, luego, creo que notó que estaba allí. Lo sé por su sonrisa ya lejana, con la que me premiaba siempre que se sentía descubierta. En uno de sus últimos giros me lanzó una ramita y, con ella, el pendiente que le regalé en nuestro viaje por Florencia. Lo atrapé y la miré. Hice mil señales para que volviera. Me miró, se encumbró y se perdió en la distancia para siempre, dejándome el sabor indescriptible de un adiós que no sé hasta cuándo ni hasta dónde se prolongará.

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