sábado, 13 de junio de 2009

Ildefonso Falcones: En el mundo literario todos se creen dioses, mayores o menores


Después de vender cuatro millones de La catedral del mar, el abogado barcelonés narra la expulsión de los moriscos en La mano de Fátima. Desde su bufete, Falcones desvela la trastienda de su novela y sus ideas


Por CARLES GELI | © BABELIA
Fuente: mediaIsla, Boletín 1129

"Bufete". Nada más en la placa dorada, antesala de la sobria decoración del generoso despacho del Eixample barcelonés. En realidad, todo acorde con el estilo que destila el abogado Ildefonso Falcones (Barcelona, 1959) cuando muda en novelista, sin concesiones a los tropos literarios ni a la psicología: sujeto, verbo y predicado al servicio de una concatenación de acciones. La mesura se extiende, coherente, al personaje, impasible a pesar de los cuatro millones de ejemplares vendidos en 37 países de su primera novela, La catedral del mar (Grijalbo, Círculo de Lectores y Debolsillo). No hay ego literario aparente bajo los revueltos rizos del letrado escritor, única concesión a la desmesura. Y lo ratifica hablando de su segunda obra, La mano de Fátima (Grijalbo, 500.000 ejemplares de salida), de nuevo novela histórica, ahora ambientada en el episodio nacional que va desde el levantamiento de los moriscos en las Alpujarras hasta su expulsión de la Península 40 años después. Un episodio delicado que da pie a confrontar los intolerantes fanatismos católico y musulmán en un caldo de aventuras, pasiones y una sabia y bien distribuida documentación de la época. En cualquier caso, 960 páginas que se leen rápido. "Pero es muy larga, pienso en los lectores y entiendo que es una barrera; yo me veo como lector y casi mil páginas pesan". Autocrítica. Inaudito en el Parnaso.

—Una excursión escolar a la catedral de Barcelona inspiró su primer libro. ¿Qué le llevó a los moriscos y a la Córdoba de las mezquitas?

—La historia de las caballerizas reales y la obsesión en el siglo XVI por buscar la excelencia de los caballos cortesanos, intentando reunir las mil mejores yeguas. Es un episodio que conocía y me apetecía ahondar. Y por ahí se cruzó la Historia.

—¿Ni en el tema ni al escribir le condicionaron los cuatro millones de catedrales?

—Lo creas o no, te olvidas de eso; entre el despacho y los pleitos por ganar y las zapatillas de los niños por casa

[tiene cuatro varones, entre los 5 y los 13 años] no hay tiempo para pensar en eso. No, no soy de los de obsesionarse con algo; haces lo que sabes hacer y punto.

—¿Está más satisfecho en el estilo o en el planteamiento respecto a su novela anterior? ¿Siente que ha evolucionado?

—Si gustó la otra, espero no haber cambiado mucho en lo estilístico. En los personajes, quizá: en La catedral... iban más al albur de los acontecimientos; aquí dependen más de su voluntad.

—O sea, ¿ha planificado más la novela? ¿Cómo se las plantea?

—Me hago un guión con los puntos álgidos que ha de tener, momentos trascendentales que tendrán que ir rompiendo los capítulos y por ahí hay que parar.

—¿También se ha leído 40 libros esta vez para documentarse?

—No, ahora 200: desde un montón de crónicas de la época a estudios sobre el islam, cinco o seis, pasando por tesis doctorales, como una sobre el asilo eclesiástico.

—¿Tanto para hacer ficción?

—El lector sabe distinguir la trama ficticia de lo otro; por eso los datos siempre deben ser reales. Y más en una novela histórica; el autor no puede hacer lo que quiera: la trama siempre debe ajustarse a la realidad; tramas, hay infinitas, pero realidad, sólo una. Si no ¿qué ha de hacer el lector? ¿Ponerse a estudiar ese periodo histórico?

—Que el original de La catedral pasara por un taller de escritura y muchas manos generó polémica. ¿Ha repetido fórmula?

—La catedral la llevé al taller porque no encontraba quien quisiera hacerle un editing. Esta vez ya he trabajado directamente con mi editora y luego está mi mujer, mi primera lectora. Vamos a ver, los profesionales son ellos, hay todo un equipo trabajando para ti ¿no?, entonces, ¿por qué no hacerles caso? Quizá me influye mi profesión: yo no puedo ir a un juez con un pliego así de gordo; los casos y las exposiciones hay que trabajarlos y el juez a veces los tumba... El otro día leía Los novios, de Alessandro Manzoni, la obra maestra italiana, y había un pie de página que decía que Manzoni había cambiado no sé qué por consejo de un amigo porque eso no podía ser. Me alegró saber que un escritor así adoptara esa actitud.

—Informar, formar o entretener. Ponga en orden las funciones de la novela.

—Entretener. En mi caso, se trata de buscar la acción y la trama para contar aquello que quieres contar. Puede haber luego mensajes, pero han de estar ahí, en la propia historia.

—En su Historia, los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros quedan como traidores.

—Isabel la Católica se movió más por lo económico que por lo religioso; sobre Cisneros, alguien que obliga a convertir a los moros y a los ocho años vuelve a la carga...

—Y pensar que todo eso se da en un momento de auge de España

...

—¿Auge? Toda la riqueza de las Indias se malbarató; se dio un aumento de precios espectacular; los hidalgos no querían trabajar; la cultura del esfuerzo era inexistente; nunca se tuvo una economía estable y potente; para la agricultura, la expulsión de los moriscos fue una hecatombe: en Valencia se hizo una excepción para que de cada cien moriscos seis pudieran quedarse a enseñar a los cristianos a cultivar. Se cargaron el sistema por anteponer lo religioso y lo político.

—¿La famosa evangelización fracasó?

—Es que la integración no llegó nunca porque, entre otras cosas, los moriscos eran odiados... Es cierto que estaban en perpetuo alzamiento y se les veía como una fuerza interna peligrosa. En cualquier caso, se hicieron esfuerzos para integrarlos muy superiores a los que se podría esperar de una sociedad tan católica como era la española.

—El protagonista, Hernando, es amonestado en un momento de la novela por su comunidad por desviarse de su religión y acercarse, por su origen mestizo, a los cristianos y vivir de la picaresca.

—Es un episodio clave de la obra. Para tener unos valores hay que tener los referentes muy claros y le recriminan que él los haya perdido.

—¿Es lo que pasa ahora, también?

—Es evidente que hay unos parámetros, como los del esfuerzo y el trabajo, que se han perdido. Nunca he visto Operación Triunfo, pero sí un casting, y me impactó ver a un chico eliminado de 29 años llorando y diciendo que su vida ya no valía nada. ¿Arruinado la vida? De entrada, si quieres vivir de eso, estudia piano 10 años. ¿Estamos locos? La vida no es así; lo normal es no triunfar y si luchas mucho quizá un día logras algo.

—Tanto Hernando como Arnau, protagonista de La catedral..., son dos self-made man. ¿Son referencias personales?

—¿Por?

—Por lo de la muerte de su padre siendo usted joven, lo que le obligó a trabajar en un bingo mientras estudiaba, dejar una carrera, la de Económicas, y su vocación literaria...

—De manera consciente, no lo creo, si bien, el hacerse a uno mismo es una actitud que me atrae. El esfuerzo es un valor que debería ir al alza. Mira: no se puede pagar al estudiante para que estudie. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Pues por exceso de permisividad en estos 30 años de democracia, con políticos con intereses no muy claros... Por ejemplo, ¿qué se pretende con Cataluña? Votamos un estatuto que al día siguiente ya se quería reformar... Pero nos alejamos de la novela.

—Hernando es religiosamente ecléctico. ¿Usted también?

—No tengo necesidad, pero tampoco nos separan tantas cosas a cristianos y musulmanes. El problema es el fanatismo y el desconocimiento mutuo. Llegar a un cierto sincretismo no me parecería mal. La mezquita de Córdoba es el único ejemplo en el mundo de esta convivencia. Hoy que se ha rehabilitado el mihrab, sientes ahí los dos espíritus diferentes.

—Entre las amenazas de Al Qaeda está la de reconquistar Al Andalus...

—Eso es la misma estupidez que si los cristianos reclamáramos Jerusalén porque fue nuestra cuando la primera Cruzada.

—¿Podrá continuar escribiendo y ejerciendo de abogado?

—Ahora, en vez de una hora ya le dedico tres, de ocho a once de la mañana. Y voy a montar a caballo al mediodía. Tampoco voy a cerrar el bufete tras 30 años de trabajo: pero si sigo escribiendo habrá que ver cómo lo hago.

—No se le ve por el circuito literario...
—No tengo tiempo ni ganas. Continuaré siendo un outsider: ese mundo me parece un coñazo y a mí me gusta hablar con la gente de muchas cosas y del Barça.

—¿Le molesta la imagen que ese ámbito tiene de usted?
—Lo que me molestó es que se dijera que me escribieron La catedral. Si fuera tan fácil, echo a los abogados y pongo aquí a 11 negros a escribir. No hay campaña de marketing que te haga vender cuatro millones de libros. A lo mejor es que tiene algo de calidad lo que yo escribo... Ironizo. El literario es un mundo donde todos se creen dioses, mayores o menores. No me interesa. [fontanamoncada]

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