lunes, 29 de junio de 2009

Aída Trujillo: testimonio autobiográfico


Por DIÓGENES CÉSPEDES | © mediaIsla

La prueba incontrovertible de que A la sombra de mi abuelo, de Aída Trujillo (Norma, 2008) no es una novela, la aporta la propia autora cuando escribe un epígrafe aclaratorio que dice lo siguiente: "Este no es un ensayo de historia, es mi propia historia y, por lo tanto, la de parte de mi familia. Es un relato novelado, tal como yo lo siento y tal como yo lo he vivido. Hechos reales, que me han costado años de lágrimas averiguar, se compaginan con vivencias mías."

¿Qué significa "relato novelado"? Que allí donde la biógrafa de sí misma no está segura de un dato, acontecimiento o recuerdo histórico, prefiere camuflarlo para que el lector no se lo corrija. Por ejemplo, cuando la autora escribe Ludovino Hernández por Fernández para narrar el episodio del asesinato de Desiderio Arias. Como no está segura del dato histórico, lo camufla para que no le traiga problemas legales con la familia del general Ludovino Fernández. Y así con todas las partes del libro donde camufla datos, nombres y fechas. Pero esta operación no tiene nada que ver con una novela. Es un mecanismo de defensa usado por el periodismo para no dar el nombre de la fuente.

Pese a que la autora ha escrito que su libro es autobigráfico, el responsable de la colección "Historias no Contadas" de la referida editorial, Bismar Galán, comete el error, en el texto de la contra solapa, de calificar la obra como "la primera novela" de Aída Trujillo. ¿Cuál es el interés estratégico de Galán? Que lo averigüe Vargas.

Esta estrategia publicitaria de la editorial es, con toda seguridad, la que explica que al depositar los ejemplares para el concurso de los premios literarios de la Secretaría de Cultura, la obra fuera inscrita en el género "novela".

Esto explica también que Basilio Belliard, jefe de Gestión Literaria, al no haber leído quizá la obra al momento de su depósito, validara su inclusión en el renglón novela, sin que pudiera medir las consecuencias que esto acarrearía en el futuro.

Es función de los encargados de recibir los depósitos de las obras concursantes, el verificar si se ajustan a los géneros. Eso se hace desde la época en que Jorge Tenas Reyes, Juan Monegro y Máximo Avilés Blonda ocuparon el cargo de Director de Cultura de la Secretaría de Educación, institución que patrocinaba estos premios antes de la creación de la Secretaría de Cultura en 2000. No son pocas las páginas de su obra donde Aída Trujillo se refiere a su libro como autobiografía. Pero con esta, basta:"Aunque hacía tiempo que había empezado a escribir tímidamente sus memorias…" (p. 269)

¿Cuál sería el efecto operado por la obra en dos de los miembros extranjeros del jurado, Jorge Volpi y Manlio Argueta? En el caso de la contraparte dominicana, el amigo Roberto Marcallé, harto de escribir novelas, y conocedor de los libros de testimonios y biografías sobre la dictadura de Trujillo, sorprende sobremanera que ni él ni sus pares extranjeros, al justificar la concesión del premio, no expusieran qué entienden por memorias, testimonio o autobiografía y en qué se diferencian de una novela, cuyo uso del lenguaje por parte del escritor tiene una finalidad artística y un valor literario.

Esa noción de valor literario es la que está ausente en cualquier memoria, testimonio o autobiografía, puesto que este "género" se caracteriza por ser un discurso informativo-ideológico cuya organización del sentido a través del ritmo no tiene por finalidad el uso artístico del lenguaje ni el de transformar las ideologías de época, sino reproducirlas. O cuanto más, rebelarse.

En la obra literaria de valor el yo de la escritura no puede ser jamás idéntico al yo biográfico del autor, como lo es en el caso del libro de Aída Trujillo. El "ella" escogido para narrar sus vivencias, es un "yo" que no se atreve a enunciarse: es cliché en el discurso ideológico después de instaurado por Julio César. Pero en la ficción, el uso de la tercera persona no es necesariamente indicio de cliché. Incluso no lo es el usted o vosotros en "La modificación" de Michel Butor o en otras obras de la neonovela francesa. Pero en Aída Trujillo lo es: "Durante su última estadía en Santo Domingo, Aída había recopilado muchos datos sobre su mayor. (sic). Algunos ya los conocía; otros eran completamente nuevos para ella. Muchos de ellos, la gran mayoría, eran dolorosos. Otros le daban el coraje para poder ver y contar la parte humana del mandatario. Decidió que escribiría en tercera persona. Sería más fácil verse a sí misma y a Rafael Trujillo desde un punto de vista distante e imparcial." (p.269)

Es un mito literario el creer que el uso de la tercera persona vuelve al sujeto que narra distante e imparcial. Escoger la no persona es ya toda una subjetividad. Sólo tengo que conmutarla por el yo. Aída cree, al igual que muchos, que en el lenguaje y el discurso todo es inocente. En nuestra cultura, ya Luperón había escrito sus notas autobiográficas en la tercera persona. Camino cesáreo, trillado, autoengaño de quien escribe al creer que él o ella es un pronombre personal, y no un sujeto.

Entonces, ¿en qué pie está parado el jurado que otorgó el premio? Le es difícil desdecirse y reconsiderar la obra como propia del género autobiográfico o testimonial, pues eso tendría el mal sabor de que la comunidad letrada de habla española les vea como incapaces de determinar lo que es novela y lo que no lo es, sobre todo si se les ha tenido desde siempre como novelistas y conocedores del oficio. En la autobiografía o testimonio el sentido es único y gira en torno al yo, aunque se camufle en un él-ella u otro pronombre; en la obra de valor literario los sentidos son infinitos.

Eso sería un descrédito en el que el jurado no consentiría en caer. El orgullo puede más que la humildad. Es de sabios reconocer nuestros errores. Sobre todo en el caso de Volpi y Argueta, a quienes se supone (aunque suponer es siempre un error) que no conocen la historia dominicana entre 1927 y 1970, tiempo del accionar de los Trujillo.

Sería más digno para ellos reconsiderar el premio y otorgárselo en el renglón testimonio, donde cabe como una osadía informativa-ideológica del yo autobiográfico que prefirió echarse de enemigos a su familia y a la sociedad antes que abandonar la investigación de lo que fue la dictadura de su abuelo. Pero una vez más, el otorgamiento de semejante premio en ese renglón estaría sujeto a si la obra aporta un conocimiento nuevo acerca del género o es simplemente una coartada de la narradora para reproducir un discurso apologético acerca de las bondades del dictador (su parte humana) opuestas a su carácter sanguinario y depredador que durante más de treinta años ahogó las libertades públicas y los derechos humanos. [Diógenes Céspedes, escritor dominicano. Premio Nacional de Literatura, 2007]

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