martes, 4 de agosto de 2009

Alejandro M. Gallo: Recuperar la literatura como elemento en el combate de las ideas


Por Javi Álvarez | © Isla inexistente
Fuente: mediaIsla, Boletín 1136

A mediados de junio Ediciones B llevó a las librerías españolas la novela «Operación Exterminio», quinta obra de Alejandro M. Gallo. En ella, por el deseo de su autor de recuperar la memoria, se narran los crueles sucesos de la guerra sucia contra la guerrilla republicana durante la represión franquista.

—Empecemos hablando de «Operación Exterminio», con esta obra ha dejado a un lado la novela negra para escribir un trozo de nuestra historia. ¿Qué fue lo que le llevó a escribirlo?

—Cuando uno lee «Maquis», la gran obra de investigación de mi paisano Secundino Serrano, se da cuenta que en toda la historia de la guerrilla antifranquista en España hay un episodio que marca un antes y un después. Un acontecimiento que ocupa sólo doce líneas en una obra de casi mil páginas. Un punto de inflexión en la lucha contra el franquismo. Ese hecho me llamó la atención y me puse a investigarlo. Y como soy novelista el resultado fue esta novela en la que doy voz a los principales protagonistas de esta masacre.

—¿Puede desvelar algo de la trama principal?

—La noche del 27 de enero de 1948 asesinan a traición a 27 guerrilleros y el régimen continúa en los días posteriores con otros 22 enlaces que arrojan al Pozo Funeres. Este acontecimiento no fue un enfrentamiento armado de unos contra otros. No. Fue una operación perfectamente estudiada desde el otoño de 1946 entre los servicios de Información de Falange y los de Inteligencia de la Guardia Civil. Y para esa operación secreta utilizan un topo que había trabajado para el Service Otto nazi y para el Ministerio de Gobernación. El periodo que va desde que se orquesta la operación secreta y el resultado final y sus consecuencias, es lo que novelo en «Operación Exterminio».

—Utiliza una voz femenina como narrador... ¿lo hace como homenaje a la labor de las mujeres durante la lucha antifranquista?, ¿alguna imagen en concreto le sirvió de mayor inspiración?

—Era la mejor forma de mostrar la lucha de las mujeres, las grandes olvidadas en la reconstrucción de la épica de la guerrilla antifranquista. Ellas fueron enlaces, personal de apoyo, incluso guerrilleras, pero sus nombres no han trascendido el olvido. Quise, a través de una muchacha que quiere ser guerrillera, mostrar ese mundo en el que vivían y sufrieron miles de penalidades. Un mundo en guerra sorda que hasta decretó la violación como arma de guerra.

—¿Cómo queda en la novela la ecuación entre la realidad frente a la ficción?

—Es la misma de siempre: el novelista dando un paso más allá que el historiador. Ya que sólo un novelista puede meterse en la piel de los personajes (como si fuera un actor) para contarnos sus pensamientos y motivaciones.

—¿Podría hablar del proceso de documentación que ha seguido?

—Ha sido un proceso a la inversa: primero conocí el resultado final, después me lancé a la búsqueda de pruebas, documentos y testimonios para aclarar cómo y dónde se había iniciado y por qué.

—¿Hay algún documento o testimonio que recuerde de manera especial?

—Hay miles. Le citaré dos que se me clavaron a cincel en el corazón. El primero fue cuando recogía el testimonio de un enlace. Le pregunté: «Aquella noche (la del 27 de enero de 1948), ¿había luna llena?». Su mirada se perdió en el cielo, sus ojos se humedecieron y me respondió: «Y brillaba». La otra es sobre un enlace de Bóger en la cuenca minera del Caudal, que da una idea de la madera que estaban hechos estos hombres y mujeres. Una vez por semana quedaba con él para que me fuera contando anécdotas de aquellos años y actuaciones de la guerrilla. Un día falló al encuentro y también a la semana siguiente. Decidí esperar otra, y si no acudía, acercarme a su casa a preguntar por él, ya que no usa móvil. De repente se presentó en mi despacho un día inopinado. «¿Qué te ha pasado?». le dije. «Es que me ingresaron en el hospital para unos análisis», respondió. A lo que le pregunté: «¿Y qué tal han ido?». «Nada, tonterías, dicen que tengo cáncer. Hala, nosotros a lo nuestro, que la gente sepa lo que pasó en realidad. Eso es lo verdaderamente importante». Así eran y son. Un cáncer, valiente tontería para hombres que se enfrentaron al mayor cáncer de la humanidad: el fascismo.

—¿Qué espera con esta novela?

—Muy sencillo: que la novela despierte interés y que se venda lo suficiente para posibilitar una segunda parte. Ésta sería Operación Exterminio II (1948 a 1952), en la que novelaría el fallido intento de la guerrilla para asesinar a Franco en la inauguración de la térmica de Ponferrada, la evacuación de guerrilleros por el puerto de Luanco por parte del gobierno en el exilio y así hasta llegar a la felonía que terminó con la muerte del último jefe guerrillero en Asturias, Caxigal, y el último en León, Manuel Girón. Tengo suficiente material recogido para escribirla.

—No sé si es consciente de que con sus novelas ha recuperado para la lectura un público ya poco habituado a entretenerse con un libro. ¿Cómo definiría el lector tipo de sus obras?

—Soy consciente, lo veo todos los días en la cantidad de lectores que llegan a que les dedique un libro y me lo cuentan. Me alegra. Recuperar la literatura como elemento en el combate de las ideas.

—Su escritura evoluciona con cada novela, ¿qué queda del Gallo que escribió «Asesinato de un trotskista»?

—Lo principal: contar hechos que la mayoría del público no conoce.

—¿Cómo fue lo de llevar «Una mina llamada Infierno» al cómic?

—La razón es que el cómic es otro soporte de la cultura, posee un público fiel al que también hay que trasladar y mostrar historias que de otra forma, a lo mejor, nunca llegarían a conocer. En resumen: llegar a otro tipo de público.

—Sus novelas son muy cinematográficas, ¿se han puesto en contacto con usted para hablar de los derechos de alguna de ellas con intención de llevarla al cine?

—Estamos en ello. Incluso en un proyecto de serie con trece capítulos para la televisión, pero no puedo hablar.

—Es una constante de su obra la importancia del pasado como explicación de nuestra realidad, ¿podría explicar por qué lo hace?

—Le podría contestar con aquel dicho: «El hoy, alimentado por el ayer, camina hacia el mañana». O desde el punto de vista de algunas tribus indígenas de Colombia que opinan que delante de nosotros tenemos el presente y el pasado, que es lo que vemos; detrás tenemos el futuro, que es lo que nos empuja. Cualquiera de esas contestaciones me serviría, pero prefiero decir que, al igual que el pueblo judío reconstruyó su historia desde los campos de exterminio nazis, la España que se enfrentó al franquismo debe reconstruir la suya, que es una gran gesta que jamás debemos olvidar.

—En sus novelas siempre, paralelos a la trama principal, incluye muchos temas sociales y una necesidad de hacer justicia con los represaliados durante la Guerra Civil y el Franquismo recuperando su memoria. En ellas se ve claramente la línea que separa a los buenos de los malos, ¿qué tenemos que aprender de ellos?

—¿Buenos y malos? ¿Qué quiere decir esto? Yo jamás hablo ni hablaré de buenos y malos. ¡Jamás! Hay que estar por encima de los conceptos mamados de la tradición cristiana en los que hay buenos que van al cielo y malos que se pudren en el infierno. No quiero saber nada de buenos ni malos. Yo hablo de víctimas y verdugos.

—¿Qué le falta a la Ley de Memoria Histórica?

—Tal vez no es competencia de la Ley de Memoria Histórica, pero lo que uno echa en falta es que la Justicia pudiera hacer Justicia.

—¿De dónde le vienen los valores de izquierda?

—¿Valores de izquierda? ¿Qué quiere decir con esto? Estoy harto de oír hablar de «valores de izquierda» sin que se sepa de lo que se habla. A veces dicen que la «justicia social» es un valor de izquierdas. Vamos a ver, la «justicia social» es un término abstracto acuñado por el cristianismo y que hasta Falange lo utilizó. Esto sin hablar de las diferentes versiones que la filosofía, desde los presocráticos, ha ofrecido de los «valores». A veces se cita la Ética, pero ésta es transversal a toda ideología, hasta el capitalista tiene la suya. Y así sucesivamente con todos los «valores». ¿Acaso hablamos de honestidad, de honradez, de...? Pues mire, éstos tampoco son valores de una ideología, son el comportamiento que se espera de cualquier ciudadano. En caso de incumplirlos ya está el Código Penal para recordárnoslos.

Para evitar confusiones, yo prefiero hablar de «identidad de clase». Hoy, la globalización ha puesto de manifiesto que todos, absolutamente todos, sin distingos de razas ni sexos, vendemos nuestra fuerza de trabajo a alguien, sea un patrón o al Estado, hasta un jugador de fútbol. La diferencia está en las condiciones en las que la vendemos (lo triste es que hay millones en el mundo que quieren venderla y nadie se la compra). Y nuestra fuerza de trabajo es nuestra capacidad vital, por lo que vendemos nuestras capacidades por un tiempo, y el tiempo es vida. Es decir, vendemos parte de nuestra vida a alguien para poder vivir. ¿Qué hace el sistema? Anular nuestra «identidad de clase» por otras identidades que no cuestionan un modelo de relaciones socioeconómicas a todas luces injusto, como son las religiosas o los nacionalismos culturales. No me hable de «valores». Hábleme de conciencia de clase.

—Retomando el asunto literario y para despedirnos, ¿cuál es su próximo proyecto?

—Quiero terminar una extensa novela sobre los republicanos españoles que lucharon contra Hitler bajo la bandera de la Francia Libre. Hombres que después de la guerra civil se enrolaron en la 13º Sermibrigada de la Legión Extranjera, en los Corp Franc d´Afrique o en la II División Blinadada de Leclerc para seguir luchando contra el nazismo y el fascismo. Y fueron héroes en Narvik, en Túnez, en Gabón, en Bir-Hakeim, en... hasta entraron los primeros en París. Merecen una novela que haga justicia con su gesta, ya que Larry Collins y Dominique Lapierre se «olvidaron» de ellos en «¿Arde París?». Y al chovinismo galo nunca le interesó rescatarlos del olvido. [lilibrik]

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